Publicado: 20 de Enero de 2015

Es el material que levantó León, la Catedral incluida. Desde hace 70 años, la misma familia gestiona la cantera de la que salió la mayor parte de la piedra del templo gótico. Ahora son las nietas del fundador la que la llevan

Los Aldeiturriaga de Boñar llevan explotando el yacimiento de «Sierra Redonda» tres generaciones. El abuelo Armando fue quien se asentó en la zona después de venir del País Vasco. Cantero de profesión, reabrió la histórica explotación de la que salió gran parte de la piedra de la Catedral de León y de un largo etcétera de nobles edificios. San Marcos, parte de San Isidoro, la Diputación, la Casa de Carnicerías...

Ángeles, Elba y Yolanda son las nietas del fundador. Las tres están ahora al frente de la empresa que gestiona la piedra de Boñar desde 1945. Oasa tiene nueve trabajadores y sus siglas son un homenaje a los familiares que contribuyeron a levantar el negocio. Las letras finales de sus nombres. La o del abuelo Armando; la a de su mujer, Ángela; la s de Carlos, que era el progenitor de Ángeles, Elba y Yolanda, y la a final de Margarita, hermana de su padre.

La piedra de Boñar es caliza y su calidad viene dada porque es de las pocas que admite pulido, como los mármoles, explican estas tres empresarias. A pesar del sambenito del ‘mal de la piedra’, repetido cada vez que existe un desprendimiento en la Catedral de León, su calidad está de sobra contrastada, según ellas. Con estudios y por su largo historial de obras, dentro y fuera de España, en las últimas siete décadas. Desde la sede del Banco Santander en la capital cántabra, la iglesias de Vegaquemada, San Claudio de León... hasta el último gran encargo que ejecutan: el Ayuntamiento de Malabo, en Guinea Ecuatorial.

La Pulcrha no tendría ese aspecto imponente, blanquecino, si no fuera por la piedra de Boñar, que fue utilizada por sus características y también porque fue de las de más fácil transporte hasta la capital en aquellos tiempos, que no son los de hoy.

«Pasa en todas las catedrales; lo que hay que hacer es gastarse el dinero en restauraciones», insiste Yolanda que, como sus hermanas, trata de llevar con «filosofía» una acusación que, a juicio de las tres, es infundada. «Estamos un poco hartas, la verdad». Y como prueba, hasta para la última restauración del castillo de Fontainebleau, en Francia, se llevó la llamada piedra de Boñar.

Aunque toda la atención se vuelva a centrar en su piedra, la Catedral arrastra desde el siglo XIII otra serie de deficiencias que tienen su origen en su estructura original. Así quedaron de manifiesto en el siglo XIX, cuando se inició su gran restauración. Su cimentación y también su arriesgada y atrevida estructura gótica. Cuenta Demetrio de los Ríos, que cogió el testigo de Juan Madrazo al frente de la restauración en 1880, que el uso de la piedra a lo largo de las distintas etapas constructivas no fue uniforme, sino que varió cronológicamente, «provocando la consiguiente desigualdad en la resistencia, según el tipo de material utilizado». Es decir, la piedra mayoritaria fue de Boñar pero también se utilizaron otras canteras, aunque ya en mucha menor medida.

Según recoge Ignacio González-Varas en su libro ‘La Catedral de León. Historia y restauración 1859-1901’, Demetrio de los Ríos estudió el proceso cronológico de la construcción del templo gótico y llegó a la conclusión de que, a lo largo de sus siete siglos, se emplearon hasta tres tipos. La primera, de color rojizo, pese a ser calificada por el arquitecto como la «más resistente y menos deleznable» en comparación con las usadas después, «no dejó de ofrecernos casos de fácil descomposición y escasa entereza», explicaba el arquitecto, que de todas formas la consideraba de gran importancia para la estabilidad de la estructura general debido a que, al ser utilizada en primer lugar, se aplicó en la zona baja de la Catedral, «que tenía que soportar las mayores presiones».

La piedra con la que se continuó la Catedral en el siglo XIV correspondió «al proceso constructivo de algunos de los pilares meridionales, las pilas torales con excepción de la noroeste, la totalidad de la fábrica exterior y la delicada y sutil labra de la tracería y maineles del ventanaje». Esta piedra, de color blanquecino salpicada con puntos amarillos, blanda y porosa en exceso, era mucho menos resistente que la rojiza anterior, lo que provocó, según el conservador, que numerosos sillares se vieran reducidos «ya no a barro, sino a tierra».

Por ú1timo, se empleó otra calidad de piedra de naturaleza más compacta, pero fina de grano, según De los Ríos.

Ángeles, Elba y Yolanda no entran en un debate técnico profundo, pero sí dan sus «razones» también, como que para la construcción del monumento leonés, por ejemplo, se utilizaron las capas más superficiales del yacimiento de «Sierra Redonda», «que son las peores», explica Ángeles. «En ésta y en cualquier cantera», remarca. «Hoy vamos a capas más profundas, que son mejores. Con ellas los problemas serían menos», insiste Yolanda. Al margen de la piedra, hay que tener en cuenta otros condicionantes, apuntan también, como las extremas condiciones climatológicas de León, con temperaturas muy bajas en invierno y mucho calor en verano. «Y que han pasado siete siglos», insiste Elba. Otro problema que se ha puesto sobre la mesa por los expertos en los últimos años es la contaminación, que algo también afecta.

En el fondo, lo que subyace en esta familia de canteros es no ser profetas en su tierra. Pese a todos sus males, la Catedral de León también es lo que es por la piedra de Boñar. «¿Por qué no hablan mal cuando se estropea una vidriera?», se pregunta Yolanda. «Es que son cosas muy antiguas», insiste.

Tan es así que en los últimos años apenas han tenido pedidos para su restauración. «Se nos valora más fuera que dentro; de hecho, seguimos viviendo de la piedra de Boñar en la tercera generación ya de esta empresa», remarcan casi al unísono las tres.

Los bloques de piedra que se sacan de los yacimientos se trasladan hasta las instalaciones de Oasa cerca de la estación de Feve de Boñar, donde se cortan y pulen. Allí son transformados en suelos, losetas, lavabos, chimeneas... Todo un amplio abanico de posibilidades.

Oasa ha iniciado el camino de la exportación. Su objetivo son los mercados de Rusia y Alemania. Allí empiezan a valorar la histórica piedra de Boñar.